Erizo Chillón Cuento infantil

ewrizooooo

El día comenzó con el jilguero aleteando sus preciosas alas, y como sabemos acto y seguido comenzó a cantar. Todos los animales cantaron, incluso el delfín. Todos con los primeros rayos de sol de la mañana afinaban su voz alegres y contentos. Era su manera de darle los buenos días al mundo.

Todos menos uno, nuestro erizo chillón. Que siempre que intentaba entonar estas armoniosas notas todos, absolutamente todos los animales del bosque, hasta las hormigas no podían con semejante estruendo y se tapaban los oídos con sus manitas tan fuerte como podían… Esto desmotivó y entristeció por completo a nuestro erizo chillón, llevándolo a dejar de cantar ni una sola mañana para siempre… con lo que su despertar comenzaba con unos tristes y dolorosos rayos de sol.

Visitó cantidad de profesores de canto, el jilguero cantarín, la cacatúa cantaora de flamenco, el loro silabidón,… pero nada de nada conseguía cambiar en su voz.

Así que una buena mañana comenzó a andar y a andar meditando, cabizbajo con sus bonitas púas sin fuerza ni alegría… mustias y desoladas.

Anduvo tanto tanto que llegó a una zona que no había visto nunca. De clima tropical, con plataneros, frutas enormes de mil colores que no habían visto sus ojos jamás y los animales… ¡ Qué animales ! Tenían cara de felicidad, frotándose con los árboles, bailando mientras trabajaban cada uno en sus que aceres, de golpe sin saber cómo el erizo se vio metido en la maquinaria de un hermoso reloj solar, tenían cantidad de cachivaches y cantaban todos a su son. Con los golpes del martillo, llevando un ritmo de lo más sabrosón el erizo sintió que sus púas se erizaban, valga y viva la redundancia, y su culito comenzaba a vibrar,

“ Tam pam ta ta tam

tim pam ta ta tam tan”

Sonreian todos, disfrutando del ritmo y la buena compañía. Así, todos cantaban a la vez pero con una voces grabes espectaculares, parecían traída de la tierra, todos reían cantando, rimando sin parar, con las palmas y los martillos tam tam tam. 

El erizo sin dudarlo pegó un grito de los suyos y todos rieron y lo corearon, repitiéndolo a ritmo de martillo de madera y metal. Todos cantaron disfrutaron cantando y el erizo nunca dejó de cantar.

Cuento escrito por:

Xiomara Wanden- Berghe Cámara

 

 

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